OPINIÓN PORTADA

En defensa del presidente

“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.”. Carlos Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, 1851.

Por Rita Balderas[1]

Durante los últimos meses leemos por todos lados la exigencia y el reclamo al Presidente López Obrador para que cumpla lo que prometió en campaña y durante los 12 años que luchó para ganar la presidencia. Que si la economía no crece, que si está desmantelando a las instituciones, que si no combate la corrupción, que si la Ley Garrote, que si la delincuencia no ha disminuido, que si su gabinete se quedó corto, etcétera.

Quienes han estudiado la historia política y personal de AMLO saben que todo lo que hace y dice no es algo nuevo, que hay un olor a rancio en cada una de sus acciones. El político tabasqueño es uno de los más inteligentes y astutos que ha tenido este país, subestimarlo y afirmar que no puede con el paquete, no le moverá ni un solo pelo. Tan es así, que muy pocos recuerdan que la persecución a Rosario Robles, el boicot a Pemex, el dominio abrumador en el legislativo, y muchos otros temas son una especie de Déjà vu. Ya ocurrieron antes, muchos de ellos durante su gestión como jefe de gobierno de la Ciudad de México.

Un ejemplo, el pasado 1° de agosto, el presidente AMLO reiteró que su fuerte no es la venganza, ni siquiera en contra de aquellos como Felipe Calderón, quien le robó la presidencia mediante un fraude que hundió al país: “si no se hubiese llevado a cabo el fraude del 2006, no estaría el país como está. Ese fraude causó muchísimo daño porque impusieron a Calderón”. Sí, de nuevo el fantasma del fraude recorre el país. Una vez más, como si no fuera suficiente.

Pero vayamos un poco a la historia. La palabra “fraude” para el presidente López Obrador ha sido una estrategia que tiene como objetivo confundir al ciudadano haciéndole creer que su voto podría no ser contabilizado, sino más bien manipulado por un grupo de personas, a las que desde hace mucho llama “mafia del poder”, ésos que se oponían a que él ganara una elección y que hoy seguramente están detrás de las malas noticias en materia económica y de seguridad. La estrategia consiste en sembrar la frustración, el enojo y el odio en los ciudadanos, haciéndoles creer que él, es el único que puede cambiar las situaciones negativas del país.

La primera vez que el político tabasqueño utilizó el concepto fue en su libro Tabasco víctima de un fraude electoral, en el que trató el supuesto fraude perpetrado en su contra cuando contendió por primera vez por la gubernatura de Tabasco en 1988, en la que perdió contra Salvador Neme Castillo, por una diferencia de 50 puntos porcentuales, ojo, 50 puntos porcentuales. Así, inició su estrategia de ataque, utilizando el descredito de los candidatos ganadores.

“Los gobiernos surgidos del fraude electoral y de la imposición serán simples administradores de los dineros del pueblo. Aunque aparentemente tengan todo, si no cuentan con el apoyo del pueblo no podrán seguir detentando el poder” (11 de diciembre de 1988, La Jornada).

La segunda parte de su estrategia consistió, como ya se sabe, en organizar la movilización social en marchas, mítines, pintas y participaciones en radio y televisión acusando de fraude al entonces PRI-Gobierno.

Para 1991, luego de las elecciones intermedias, AMLO volvió a recurrir al fraude electoral asegurando que el gobierno había sofisticado sus métodos para perpetrarlo. “Con mucha anticipación, el gobierno manejó el Padrón Electoral para que votara gente preparada en las casillas, pero es obvio que a dos días de las votaciones no podemos reunir las pruebas, pero andamos sobre pistas, sobre en qué consistió el abultamiento de la votación en favor del partido oficial.” (21 de agosto de 1991, Avance Tabasco).

La movilización desembocó en el primer éxodo por la democracia que consistió en dirigirse al Zócalo de la Ciudad de México a protestar por el presunto fraude electoral en la elección de diputados locales y alcaldes en Tabasco. En el contingente se desplazaron cerca de 2 mil de sus seguidores. Comenzó el 23 de noviembre de 1991 y concluyó el 11 de enero de 1992. El resultado del éxodo fue la negociación con el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, sí, el innombrable, para la salida de Salvador Neme Castillo como gobernador de Tabasco. Esto puso en evidencia que el discurso de fraude de López Obrador tenía como objetivo la salida del electo gobernador a cambio de la estabilidad y la paz social del estado sureño.

En marzo de 1993, AMLO señaló que reconocería los resultados electorales de 1994, en los que nuevamente sería candidato a la gubernatura de Tabasco, siempre y cuando no fueran producto del fraude electoral y la ilegalidad:

“Si la elección es limpia y libre aceptaré cualquier resultado adverso, lo que no aceptaremos es el fraude electoral en cualquiera de sus modalidades; necesitamos que se entienda de que va en serio, no vamos a tolerar fraude y nadie se va a sentar
en el principal sillón de la Plaza de Armas sino es producto de una elección limpia y transparente” (15 de enero de 1994, Avance Tabasco).

Tras los resultados adversos para López Obrador, al perder la contienda por 18 puntos porcentuales, acusó que se había cometido fraude en su contra y convocó nuevamente a la movilización social. Como prueba de esto, AMLO entregó a los periodistas unos audiocasettes que contenían grabaciones en las que el delegado del CEN del PRI Tabasco, Salvador Sánchez Colmenares, el dirigente del Comité Estatal Pedro Jiménez de León y Roberto Madrazo Pintado, entonces candidato del PRI a la gubernatura de aquel estado, días antes de la elección, ordenaron la movilización de sus “subordinados” para salir a votar a favor del PRI. Por cierto, ¿de dónde sacaría esos audios AMLO?

En el 2000, AMLO ganó la elección para jefe de gobierno, así que esa parte de la historia nos la ahorramos porque ahí, no hubo fraude. El tema fue retomado hasta la elección presidencial de 2006, en la que precisamente ganó apretadamente el panista Felipe Calderón Hinojosa con una diferencia de .56%. En su desesperación, porque no hay otra razón, AMLO culpó a los ciudadanos que fungieron como funcionarios de casilla de prestarse al fraude electoral. Como prueba, el político tabasqueño mostró un video a los medios en el que un ciudadano presuntamente embarazaba una urna. Sin embargo, dicho elector resultó ser funcionario de casilla y dijo que demandaría a López Obrador por calumnia. A pesar de ello, Andrés Manuel aseguró que la elección había sido un “cochinero” y que el fraude fue a la “antigüita”, pidió el recuento de votos y el entonces jefe de gobierno interino de la Ciudad de México, Alejandro Encinas Rodríguez lo apoyó colocando cinco pendones en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento en el que se pedía el recuento de votos.

Además de convocar a la movilización social y justificar uno que otro connato de violencia, AMLO mostró a los medios 72 mil actas de cómputo de los votos con las que pretendía probar errores aritméticos y fraude electoral. El político tabasqueño aseguró que le habían quitado votos. Lo cierto, es que debido al ya famoso plantón de Reforma empresarios hoteleros de la zona perdieron 12 millones de dólares al día y hasta 100 millones en otros comercios, según datos de la Cámara Nacional de Comercio en Pequeño (Canacope).

El 1° de julio de 2012, AMLO perdió por segunda vez la elección presidencial. En esta ocasión, lo hizo por poco más de 6 puntos porcentuales, pero otra vez aseguró que hubo fraude, que el candidato ganador, Enrique Peña Nieto había ganado a billetazos, comprando votos. El político tabasqueño aseguró que el proceso electoral debía anularse y negó que se tratara de un intento de su parte por desestabilizar al país.

El tema fue retomado en marzo de 2016; a través de Twitter, AMLO advirtió a la “mafia del poder” que sería derrocada en 2018, con derecho de amnistía, desde ahí, aseguró que lo suyo no era la venganza y usó el concepto de fraude para movilizar a la ciudadanía a su favor, pero esta vez en las urnas. Efectivamente ganó la elección por una diferencia de poco más de 30 puntos porcentuales, ningún candidato le hizo sombra, nadie lo pudo alcanzar, desde el principio iba solo. Su toma de protesta como presidente de México fue un evento multitudinario que no había ocurrido antes. Logró reunir a más personalidades que ningún otro presidente. Lo mismo lo celebraron mandatarios de diversas partes del mundo, que ciudadanos de a pie. El triunfo de AMLO fue una fiesta nacional. Al fin se le había ganado al fraude electoral. Después de 31 años, ese discurso le funcionó.

A políticos como AMLO no hay que subestimarlos, son astutos, creativos. Hay que estudiarlos a fondo para saber que lo más revelador de su historia es que siguen siendo los mismos.

No hay que engañarnos, AMLO no es un presidente como otros, no podemos mirarlo y mucho menos evaluarlo sin recuperar su historia. Es un presidente que marca la agenda, que orienta el discurso, sabe cómo arrinconar a sus oponentes, pega donde duele. Sabe lo que hace. No hay que subestimarlo. México ha sido su laboratorio social por más de tres décadas, ha logrado convertirse, al menos en el imaginario colectivo, en el Robin Hood de los pobres, en la víctima del fraude electoral, en el hombre incorruptible, en el bueno de la historia.

Hace falta oposición, crítica y la fuerza de mejores argumentos. Las descalificaciones no dañarán a un presidente como AMLO. El marcador sigue a su favor.

[1] Doctora en Ciencias Sociales y Humanidades por la UAM-Cuajimalpa.

 

CMCOAX
Periodista desde 1979
http://www.globatium.com.mx

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