CULTURA PORTADA

El tren de la vida se volvió el tren de la rutina, sin estación para bajar. 

Por: Ezequiel Gomez Leyva.

Admiro tus manos admiro tus ojos, de tus recuerdos vagos ya me quedan pocos.
La niebla del tiempo cumplió su misión nos volcó en el torbellino de la desaparición.

De aquellos recuerdos ya quedan muy pocos, el intangible tiempo que nos vuelve locos, se encargó de pronto de borrarlos todos, y de machacar con iracunda rabia nuestras ilusiones.
Nuestros sueños se evaporaron en la inmensidad del tiempo, nuestros afanes se volvieron humo, viento, polvo, aire, nada.

Atrás quedaron las mañanas frías, los paseos por las praderas, cuando el rocío de la mañana mojaba nuestros rostros y sentíamos el golpe dulce de los rayos del sol que nos invitaba a disfrutar otro maravilloso día.

Que fue de aquellos polvorientos caminos, del bufar del tren en su alocada marcha, de las espuelas sobre los costados de los equinos que ansiosos querían devorar las veredas llenas de espinos y cardos.

¿Qué sucedió con el buey cansado junto a la preñada vaca, que recuperaba el aliento después de cumplir con el  ritual amoroso y  perenne de la procreación?

Las casas de adobe ya no huele a humo,  el fogón que devoraba la leña se ha quedado impávido, el canto del gallo se ahoga ahora con el pitar de carros desvencijados, con el ulular de sirenas intentando abrirse paso a la loca competencia por la vida.

Aquellas camas de tablas viejas ya no abrigan sueños de viejos con esperanzas, las lluvias se fueron, como se fueron también los hijos ya crecidos, que ahora se embelesan en hilos electrónicos y ondas invisibles que los mantienen amarrados virtualmente a lo desconocido, y que diariamente los llevan prisioneros en jaulas imaginarias llenas de ilusiones.

Las gallinas que antaño salían corriendo al escuchar el canto del maíz, ahora duermen arropadas en pajas sedentarias esperando la hora, cual reloj electrónico, para depositar su aportación a la abultada cuenta del granjero, que con una sonrisa maliciosa cuenta los huevos que las gallinas ponen en canastillas de acero.

Tu recuerdo se vuelve por momentos irreconocible, tus sueños que un día se fundieron en el abrazo inocente, ahora ya no existen, como ya no existen los durmientes, las vías del tren y la locomotora que anunciaba a su paso el paso del tiempo, el paso de la vida y la dicha irrefrenable de vivir.

Ahora el tren de la vida nos lleva por senderos sin durmientes, por caminos sin vías, por destinos diferentes, por sueños sin cumplir, buscando a diario una estación donde bajarnos con la imperiosa necesidad de existir.

CMCOAX
Periodista desde 1979
http://www.globatium.com.mx

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